“VERACRUZ. EN LA LUCHA POR LA DEMOCRACIA”

Habían pasado varios días desde que se instaló la asamblea permanente y quería saber sobre el campamento de Veracruz en el Zócalo. Suponía que sería un campamento grande puesto que, aún con resultados no definitivos, las elecciones del 2 de julio arrojaron en el estado un triunfo para la Coalición. Llegué por 20 de Noviembre, una de las avenidas que llevan directo al centro de la Ciudad y permiten ver amplia la bandera de México. Me detuve justo en la esquina, al pie de uno de los edificios que albergan al gobierno del Distrito Federal. Antes de cruzar conocí a un hombre de Toluca, me contó que diario iba a escuchar a Andrés Manuel, llegaba desde muy temprano y se iba después del mensaje de las siete. Había mucho movimiento, sobre todo en el Centro de Acopio, donde un grupo de voluntarios ayudaba a descargar un camión lleno de camas, bueno, en realidad eran tarimas de madera con una especie de base semi hueca, que servían para dormir despegado del suelo y sin mojarse.
Me adentré en el plantón. Pasé una cerca de metal y seguí un camino formado por la división entre carpas. De un lado estaba Jalisco, del otro, Nuevo León. Transitaba sobre un mapa en escala y con la geografía un tanto cambiada, de esa forma, no tenía dato previo que me guiara hasta Veracruz. Además, la cantaleta de los tamaleros me hizo retroceder, no porque tuviera hambre sino porque ésta había cambiado el clásico: “hay tamaleees oaxaqueñooos, tamaleees calientitoos” por un slogan más vigente pero con el tono igualito: “hay tamaleees fraudulentooos, tamaleees ugaldiñoos”. El sonido salía de un reproductor de CD portátil que una mujer usaba para promover la nueva producción. Busqué dinero para comprar un CD y cuando me acerqué a pedirlo, me dijo que se le habían acabado todos, ni modo.
Seguí el camino hasta que lo encontré, estaba en el mero centro, cerca del templete desde donde Andrés Manuel López Obrador informa a sus seguidores. Efectivamente era grande y afuera había una manta que, a modo de pared, conformaba el campamento. La manta decía: VERACRUZ. EN LA LUCHA POR LA DEMOCRACIA. VOTO x VOTO. CASILLA x CASILLA. Ya era de noche y por eso la seguridad se redobló. La entrada al campamento estaba flanqueada por dos hombres, quienes con amabilidad me preguntaron qué deseaba y de dónde era. Sólo respondí que era de Fortín de las Flores e inmediatamente me pasaron a la “recepción”. Ahí un joven me dijo: “invitado, ¿verdad?”, dije que sí, después di mi nombre, mi edad y una identificación. A cambio recibí un gafete amarillo con un número. Todo quedó anotado en un cuaderno.
Uno de los miembros de la comisión de vigilancia me llevó con el señor Hidalgo. Quedaba claro que no podía andar por ahí así nomás, pero, a decir verdad, tampoco había mucho espacio para pasear dentro. Era un área muy grande llena de camas, algunas ocupadas, otras sólo tapadas con cobijas y encima algunas pertenencias. La luz era escasa, pero se lograba ver. Saludé al señor Hidalgo, fungía como organizador de ciertas tareas. Estaba cerca de la computadora y del altavoz. Pregunté si había gente de Fortín, de Córdoba y me presentaron a una muchacha de Orizaba, lo más cerca, quien dijo haber dejado a sus hijos con su suegra para venir a apoyar. Por ella me enteré que había otro campamento de Veracruz en Paseo de la Reforma, pues en el Zócalo ya no había cupo. Ese dato lo confirmó Arturo Hervis, senador electo, quien llegó al campamento con Rogelio Franco, presidente del Comité Ejecutivo Estatal del PRD para dar unas instrucciones a su gente. Uno de ellos me dijo que por el campamento habían pasado hasta 800 personas pero en ese momento sólo estaban 300. Por lo que vi, no les faltaba nada. Tenían una cocina instalada y varias mujeres cocinando. Todo se veía en orden y limpio; habían fumigado en la mañana y tuvieron que alzar todo y acomodarlo de nuevo. Cerca de la computadora había un letrero que daba cuenta del horario de regaderas, de comidas y de las actividades del campamento. Mientras estuve ahí charlando, el señor Hidalgo pedía por el altavoz varios voluntarios para ir al centro de acopio. Tres señores fuertes, de estatura media y con sombrero alzaron la mano y salieron a cumplir la misión. Un poco después, el altavoz pedía otro voluntario “para llevar al señor a la TAPO”, un joven se acomidió.
Anunciaron la cena justo cuando los enviados al centro de acopio regresaron con algunas cajas con botellas de agua y víveres, mientras, la chica de Orizaba me contaba que días antes había llegado un tráiler lleno de carne y que había venido de un estado del norte. La gente se acercaba a la cocina por su plato, alcancé a ver un guisado y una porción sustanciosa de arroz. Eran hombres maduros, mujeres y algunos señores mayores. Por ahí noté a un par de niños y me aseguraron que había más. Cuando avisaron por segunda vez la cena, también dijeron mi nombre, que pasara por mi credencial y supuse que era momento de retirarse. Me encaminé a la salida. Iba leyendo carteles y hojas pegadas que daban cuenta de la presencia de muchos municipios, más de 50, me dijeron. La mayoría de las personas eran de Coatzacoalcos, pero también habían del Puerto de Veracruz, de Xalapa, Huatusco, Poza Rica, Minatitlán, Ixhuatlán, Plan de las Hayas, Colipa, Amatlán…
Regresé al campamento dos veces más. Presencié los anuncios intermitentes que daban Rogelio Franco y Arturo Hervis sobre los resultados del conteo parcial, que llevó a cabo el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación en algunos municipios de Veracruz. Los votos conseguidos en Coatzacoalcos arrancaron aplausos. También platiqué con un señor originario de Plan de las Hayas. Me invitó un café de Ixhuatlán del Café y cuando le regresé mi gafete de invitada me dijo: “yo no tengo nada, así que no me importa morir para que haya más justicia”.
Etiquetas: AMLO

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